Calle Melancolía

Abrazado a mi ignorancia académica en literatura (a la que no pienso serle infiel ni desleal), comparto mi lectura de una de las principales obras de Sabina y que, junto a “Pongamos que hablo de Madrid”, dejaban asomar lo especial de su talento. Es la canción que refleja, quizá de manera más completa, el espíritu que tuvo en sus años más creativos y que lo hicieron como artista. Barroca, sensible, nocturna y bohemia. Es, sobretodo, una ofrenda a quienes son a menudo confundidos por pesimistas, cínicos o, en el mejor de los casos, nostálgicos incurables. Sabina, en estos versos, reivindica a la melancolía; una característica que con tal frecuencia se encuentra entre artistas, poetas y filósofos que, hace casi dos mil años, ya Aristóteles se preguntaba el por que de esto. Sabina la vuelve familiar y cercana al tiempo que, reivindicándola, la rehabilita.z


           Aún sin interpretaciones unánimes en el arte, cualquier intento de traducir un conjunto de metáforas y símbolos, necesita ser coherente con la historia del artista y la del conjunto de su obra. En otras palabras, para que el mensaje de un trabajo especifico cobre uno de los muchos sentidos posibles, es necesario que sus símbolos sean consistentes con la obra del artista y con la evolución de la misma. Como el lenguaje de los sueños para Jung, requieren entender la simbología en su conjunto. Pero en el caso del arte, la consistencia y coherencia no deben venir de la mano con un rigor que destruya una ambigüedad tan mágica como necesaria. Una interpretación coherente puede existir con la imprecisión de símbolos, pero la poesía y lo especial de su belleza desaparece si en la obsesión por cohesión, éstos se transforman en signos.
           De la melodía, cuya escala mayor increíblemente logra transmitir la tristeza o melancolía que usualmente les corresponde a escalas menores, no diré nada ya que me avergüenza mi ignorancia. Tampoco de la métrica y detalles técnicos de la poesía; pero en este caso, porque usualmente me aburren. Como de otras obras, me mueve más lo impalpable que transmite la arquitectura con su diseño, que lo medible e inobjetable que trae la ingeniería con su exactitud y precisión.
           Lo que sigue, es mi última lectura de esta poesía. Una de muchas, pero la que aparentemente necesitaba ponerla en papel esta noche, en la cual Los Ángeles se hizo, con un clima y cielo que le son prestados, más tolerable (y hasta algo amena) para un melancólico. La noche es casi adulta, pero, como dijo alguien: “nadie se ha muerto por ir sin dormir una vez al currelo”. Sin filtros, a lo bruto y con pocos tildes, empiezo el paseo.  

Como quien viaja a lomos de una yegua sombría
Por la ciudad camino, no preguntéis adónde
Busco acaso un encuentro que me ilumine el día
Y no hallo más que puertas que niegan lo que esconden

           Quizá los dos primeros versos podrían ser más barrocos, pero no me imagino como. Visualicemos la imagen. Una yegua cabizbaja, lánguida, con paso lento, algo patética, y desnorteada; sin rumbo. Esto último implícitamente sugerido en “no preguntéis adónde”. Bueno, ahora no queda más que imaginar a nuestro jinete. Jinete que, por cierto, no es más real que la yegua. Sabina nos guía, a través de la mula, a que imaginemos un jinete que capture, simultáneamente, su deambular y estado de ánimo. Se muestra, entonces, taciturno, lúgubre, enlentecido; buscando sin rumbo cierto, algo (“acaso”) que lo quite de las sombras, implícitas en la luz que iluminaria su día.
           Antes de seguir, vale aclarar que Calle Melancolía no es una canción de amor (o desamor, que es lo que vale la pena cantar). Su primera canción de amor vendría unos años después con “Así estoy yo sin ti”, dedicada, en sus propias palabras a todas las mujeres (“así estaba yo sin ellas”, dijo en un momento, explicando ese poema). Sin ser de amor, comienza por desmenuzar la melancolía en sus características esenciales. En cierta medida, el dolor (por lo perdido, el desamor o el desengaño) es lo que alimenta al melancólico. Lo que lo envenena, es también lo que lo nutre.
           Si no es una canción de amor, ¿con quien sería tal encuentro? El Sabina de esos años ya había mencionado en una entrevista que buscaba el milagro de “encontrar a esa persona providencial, que no se encuentra nunca”. Puede que también busque a la última persona que aún duele. Puede que acaso busque a la próxima persona que pueda lastimarlo. En términos generales, captura algo importante: el no poder articular, por varias razones, lo que se quiere encontrar, pero sin el lamentar el cuasi-martirio de una misión tan vaga como cargada de esperanza. La esperanza, implícita en esta estrofa es clave.
           En los dos últimos versos, Sabina resume la esencia del melancólico que, por injusticia o pereza analítica, suele ser confundido con pesimista. Cualquier búsqueda requiere esperanza y, esta, a su vez, cierto grado de optimismo. La luz que busca, no aparece. En su vagar solo logra enfrentarse a un mundo que no es auténtico.
           El barroco no es sin víctimas y todos hemos muerto más una vez de literalidad. Las puertas que niegan lo que esconden deberían ser entendidas como lo que es visible de los demás. Nuestra vestimenta, nuestros gestos y ademanes que, como las puertas literales, también intentan proteger y esconder lo que valoramos y con lo que hemos elegimos convivir. Más aún: no solo esconden, sino que muchas veces parecen negar lo que ocultan en su interior. Sabina es consciente que, en gran medida, la melancolía surge con la revelación de cuán insinceros son la mayoría de nuestros intercambios. Resaltando un aspecto clave de esa condición (que es la suya), nos señala la innegable distancia entre lo que se dice y lo que se quiere decir. (En Juez y Parte lo expresó en forma más explícita: “Las palabras no son más que un obscuro antifaz, una manera de disimular tu ansiedad”.)
           El reclamo de autenticidad del melancólico no debe ser confundido con la descripción que el cínico disfraza de queja. Tan solo surge por entender lo vano de comunicarse entre caretas o personajes creados a medida, como intentando esconder, en el mejor de los casos, nuestros complejos y vulnerabilidades y, quizá en el peor de los casos, nuestro erotismo. (Años después, en Mentiras Piadosas, Sabina nuevamente traería a su obra este tema: “a ti que te lo haces de baile de disfraces cada día”.) Quizá sea un reclamo en el fondo egoísta y que persigue nada más que, a través de la honestidad ajena, identificarse en otros.
           En estos últimos dos versos, surge un contraste entre la honestidad con la que al comienzo desnudó su vulnerabilidad. Implícitamente, y más importante, logra transmitir la penetrante y desagradable sensación de desconexión que surge cuando lo que sentimos, y que no consideramos malicioso o dañino, por no observarse en los demás, nos hace percibirnos como inadecuados. Esa sensación inexplicable que nos induce a creer que hay que corregir o disimular algo sin que entendamos el por que y, que, a veces, ni sabemos siquiera si es corregible.

Las chimeneas vierten su vómito de humo
A un cielo cada vez más lejano y más alto
Por las paredes ocres se desparrama el zumo
De una fruta de sangre crecida en el asfalto


           Esta estrofa nos ubica en una ciudad industrial, gris, que crece. El primer verso, aunque no literal, es bastante evidente. Una ciudad en la que el “progreso”, que tanto la obra de Baudelaire (por nombrar otro autor que diría es melancólico) como Sabina han criticado o al menos puesto en duda, transforma casas en edificios. Así, el cielo que en el descampado se aparece inmediatamente encima del suelo, en la ciudad se encuentra tan alto como altas sus edificaciones. En Úbeda o Tranqueras, el cielo es más cercano y menos alto que el de Madrid o Montevideo. (Con Juan, un amigo catalán, una vez discutimos esta estrofa. Para Juan el cielo tiene la simbología de Dios. Yo entiendo que esto pueda ser posible, pero no lo veo como consistente ni con la obra de Sabina ni con lo que en los 80s era, por decirlo de algún modo, su posición teológica. De cualquier manera, tantas interpretaciones como sensibilidades.)
           El ocre las paredes, sugiere el ladrillo de las fábricas, en cuyos muros se vierten, como zumo, las sombras que dejan quienes no somos más que una semilla de sangre. La ausencia de la naturaleza implícita en chimeneas y muros resalta el vínculo entre el tener vida (“fruta de sangre”) y padecerla en la ciudad (“crecida en el asfalto”). El gris es importante en la obra de Sabina y no quiero hablar de eso más que decir que, en general, refleja lo que aborrece y quizá esta imagen es premonitora de mucho de lo que después escribiría. (Incluso en El hombre de Traje Gris que fue escrita por encargo para una película, reflejó el conformismo que el en muchas entrevistas ya para ese entonces condenaba.)

Ya el campo estará verde, debe ser primavera
Cruza por mi mirada un tren interminable
El barrio donde habito no es ninguna pradera
Desolado paisaje de antenas y de cables

           Desde la ciudad, tan solo se puede imaginar el campo (“debe ser”). Pero ese primer verso alude que se ha perdido noción del tiempo. El estado de ánimo es constante y nuestra noción del tiempo requiere de algo mutable. En este caso, requiere mirar al exterior. Pero no todo nos revelará el paso del tiempo. Los demás, que niegan lo que esconden, no serán una referencia confiable. Pero la naturaleza no se detiene y refleja, con una honestidad sin intención, el transcurso del tiempo. Esa interpretación esta basada en que creo que Sabina, como muchos devotos a la introspección, llegó a algunas de las conclusiones de Nietzsche (o lo leyó) quien, en algunas paginas de alguna obra suya que ya no recuerdo, argumentaba que la naturaleza no tiene opiniones sobre nosotros (y que por eso nos sentíamos atraídos a ella). Creo que esas dos visiones se mezclan, pero explican el por que de mencionar el campo para trasmitir el paso del tiempo. La naturaleza no entiende de juicios. No le importan lo que pensemos de ella ni ella se importa por lo que pensemos de ella. Así, se muestra como es.
           El segundo verso se me hizo esquivo por más tiempo que el que quisiera reconocer. Cualquier intento por descifrar y apreciar la belleza de los símbolos en este verso me dejaba en la estación indiscutible y patética de lo literal. No pude encontrar ninguna figura medianamente razonable hasta que me ubiqué en Madrid, por los lugares donde el Sabina de ese entonces deambulaba (o por dónde, como escribió: “dejaba la vida en sus rincones”). No hay trenes visibles para un peatón. ¿Qué trenes pueden ver quienes están en la Calle Valencia o sentados en un bar en Argumosa? Buscando metáforas, se me escapo el símil. ¿Que es un vagón sino un cubo hueco de metal, en cuyo vientre viajan pasajeros? En esencia, ¿no es eso también un auto? Carriles son calles y autos, unidos en una fila en el tráfico Madrileño, en los ojos libres y privilegiados de Sabina se confunden con vagones que no terminan de pasar. Sabina nos muestra que los trenes pueden verse tanto en Lavapiés, Tirso, en la 5ta Avenida o Sunset Bulevar.
           Los últimos versos también reflejan la duplicidad del melancólico. Los trenes, que Sabina ha descrito en otro momento como “animales mitológicos que simbolizaban la huida, la fuga, la vida, la libertad”, aparecen ahora en un entorno hostil, en el cual el gris que insinúa el panorama vuelve joviales a muchas páginas de Onetti. Una industrialización que, persiguiendo lo práctico y la eficiencia descarta lo innecesario. En la carencia de esteticismo, superfluo para ese progreso, se transforma el cielo en desolación y no hace mas que evitar el consuelo del melancólico.

Vivo en el número siete, calle Melancolía
Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría
Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía
En la escalera me siento a silbar mi melodía


           Con la esperanza (numero 7) que no tiene el pesimista, vive el melancólico. Condición que sufre y, aunque quisiera (o manifiesta quererlo) cambiarla, no tiene apuro. Sus intentos son siempre fallidos y, como el bohemio que homenajeó Calamaro, llega a destiempo. Llega a destiempo a un medio de transporte que además de lento, no por casualidad, es anacrónico. El tranvía sugiere las manchas de nostalgia que trae consigo la melancolía; nostalgia que lo salpica sin empaparlo.
           El melancólico no está atado al pasado ni cree que toda época fue mejor. La nostalgia brota por el deseo de una vida más simple. La imagen del tranvía captura, sutilmente, algo esencial. No ese trata de volver a lo medieval o abandonar las comodidades innegables del progreso (en definitiva, sin progreso no habría tranvía). Sugiere la añoranza de una simplicidad que nos es negada en las metrópolis. La nostalgia no es de el pasado per se, sino por valorar lo que se ha ido con el progreso. Progreso que trae inexorablemente vómitos de humo y hace que, con su vorágine, la vida sea como escribió en otro momento: “un metro a punto de partir”. Nietzsche, al mismo tiempo que no descartó las comodidades de su tiempo, se le hizo esencial pasar un tiempo en la simplicidad de un cuarto alquilado en Engadin. Lo mismo que Wittgenstein (otro introvertido), que prácticamente se escondía en la sencillez de una cabaña en los bosques remotos de Skjolden. Mientras el nostálgico desea volver al pasado, el melancólico tan solo necesita visitarlo cada tanto.
           El ultimo verso, resalta otra diferencia clave con el pesimista. El melancólico vive lo que le ha tocado sin lamento, sin resentimiento; sin resignación y sin furia. Sabina, además, transmite en esa estrofa otro aspecto fundamental del melancólico: el entender que la regocijo no le está privado en forma permanente. Siempre habrá otra primavera, y siempre vendrá otro tranvía.

Como quien viaja a bordo de un barco enloquecido
Que viene de la noche y va a ninguna parte
Así mis pies descienden la cuesta del olvido
Fatigados de tanto andar sin encontrarte


           Por este tipo de estrofa estuve de malas con Sabina por demasiados años. Inventaba excusas para criticarlo. Pero como muchas criticas personales, eran maquillajes para esconder inseguridades. Me llevó un buen tiempo darme cuenta que lo envidiaba por saber que lo que quisiera hacer (escribir así) me era negado al mismo tiempo que se me mostraba que era posible hacerlo. Cuando un sueño propio es la realidad ajena, trae consigo lo que nos genera que otros, con su talento, desnuden a nuestra ineptidud, que antes se vestía de quimera. Pero el tiempo ordena todo a su debido antojo y acá estoy, agradecido que, sin el talento de crear, no se puede pedir más que el don de poder apreciar.
           No recuerdo que un borracho haya sido descrito con la belleza de esos dos primeros versos. En particular, un borracho saliendo de vaivenees enloquecidos de la Movida Madrileña. Los últimos dos versos, presentan un tema recurrente en la obra de Sabina: el olvido. (Ahora que lo pienso, quizá sea tan recurrente como el laberinto o los tigres eran para Borges.)
           El olvido, donde se encuentra lo que ya no recordamos, en algunos casos viene sin esfuerzo. Muchos momentos y personas pasan al ese lugar muy a pesar nuestro. Otras veces, el recuerdo duele, lastima y, en estos casos, recordamos, también a nuestro pesar. El olvido parece no llegar por sí solo y el alivio demanda que lo busquemos. A veces requiere más esfuerzo, como si se encontrara encima de una cuesta que necesitamos subir. El desgaste por intentar olvidarla fue en vano y ella aún no estaba en el olvido. Seguía estando. Ese intento, más que cansancio, trajo fatiga. “Ella” no importa tanto como lo que genera. (De nuevo, la cuesta bien puede ser el esfuerzo del laberinto; escribo acá para acordarme de pensarlo.)

Luego, de vuelta a casa enciendo un cigarrillo
Ordeno mis papeles, resuelvo un crucigrama
Me enfado con las sombras que pueblan los pasillos
Y me abrazo a la ausencia que dejas en mi cama


           Es difícil sentirse identificado con un sentimiento que en general solo vemos en filósofos, científicos, o artistas. Acá los primeros dos versos nos acercan a Sabina como semejante. Sus hábitos son o podrían ser los nuestros y, así, su sentimiento y lo que le sucede se nos hace más palpable. Al mostrarnos sus costumbres, distracciones y tareas ordinarias, hace más natural la empatía necesaria para poder sentir como propio lo que nos podría ser ajeno. Más aún, trasmite la naturalidad con la que la melancolía puede convivir con la rutina. Además, muestra que, a diferencia del cínico, el melancólico disfruta y aprecia simples y mundanos placeres (como en la estrofa del estribillo lo hizo con su melodía a través del “olvidado arte de silbar”, como decía alguien que no recuerdo.)
           No es coincidencia que Sabina no mencione la oscuridad sino las sombras. La oscuridad implicaría que no existe alternativa. Las sombras requieren luz. El melancólico prefiere a veces enfocarse en el dolor de las espinas más que a la belleza de rosa; acá Sabina, se aferra a lo que le genera la penumbra, pudiendo enfocarse en la luz, implícita en las sombras.
           El último verso, aunque explícito, sugiere un par de aspectos que se me hacen importantes para el mensaje. Quienes a pesar nuestro se van, en lo inmediato nos duelen por lo evidente: por no estar. El melancólico no acepta con resignación el inevitable sufrimiento que generan esas ausencias; lo aprecia. Sabina en ese verso refuerza el carácter de elección de su apego al dolor, al que toma con la ternura y el implícito apetito de un abrazo.

Trepo por tu recuerdo como una enredadera
Que no encuentra ventanas donde agarrarse, soy
Esa absurda epidemia que sufren las aceras
Si quieres encontrarme ya sabes dónde estoy


           El primer verso comienza reiterando el hecho de que el melancólico, en un acto que otros confundirían con autoflagelación, decide perseguir intencionalmente (“trepar”) lo que los demás evitarían. Los dos primeros versos capturan el incontrolable desorden que trae consigo la memoria de ausencias que aún lastiman. Incluso el más puntual y concreto de los recuerdos se dispersa como una enredadera que, en definitiva, también nace de una rama. Como desesperados, buscan un alivio que llegaría con lo que también persigue la enredadera de una ventana: algo que sirva al mismo tiempo de luz y salida. En el proceso se siente como lo que en todas partes (“epidemia”), afecta a las veredas. Pisoteado, con manchas y marcas dejadas por quienes, inevitablemente, ya han seguido de largo.
           Al final, asume su condición y que encontrarlo, requiere aceptarlo. Años después de editado Malas Compañías, el disco que la albergó, Sabina la introduciría: “Una canción de las más antiguas, que estamos recuperando. Porque hay por ahí alguna gente que miente como bellacos cuando dicen que me he mudado. Sigo viviendo en Calle Melancolía.”

           La noche se marchó pero sigue la lluvia; porfiada como una vieja duda que explaye en otras hojas. La curiosidad de si Calle Melancolía se enmarca en una obra que con el orden y dimensión que llegan con la distancia del tiempo se conciba, aún con matices, tan necesaria y disruptiva como fue lo de Vallejo con Trilce (hace justamente un siglo).
           No se cual es el rol del arte, pero creo que necesita que nos identifiquemos con algo que nuestro alrededor no nos brinda. Aún cuando no nos genere nuevas emociones, trae a la superficie y nos hace sentir lo que, por lo que fuese, el inconsciente había escondido. Nuestros padecimientos y regocijos no son modas, son humanos. Por eso, las grandes obras se comparten entre generaciones. Calle Melancolía es una de esas.
          Insinuando que muchas veces las cargas que llevamos nacen de no sentirse comprendidos, Calle Melancolía levanta el peso oculto en la incomprensión y, al hacerlo, desnuda los escondidos privilegios reservados a quienes muchas veces no sienten ganas de festejar incluso sus propios cumpleaños. Sabina logra transformar el lamento de una condición, en fortuna. Para quienes vemos la alquimia como una metáfora, quizá los verdaderos alquimistas sean algunos artistas, ya que no se me ocurre transmutación más importante.